Mostrando entradas con la etiqueta carson mccullers. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carson mccullers. Mostrar todas las entradas

23 de abril de 2014

Leopoldo Brizuela, El derecho a leer a las mujeres


Ilustración de Sally Nixon

EL DERECHO A LEER A LAS MUJERES

Desde que empecé a escribir, y sobre todo, desde que empecé a publicar y a hablar públicamente sobre mis lecturas, amigos, colegas, periodistas, críticos, me han hecho la misma pregunta: ¿por qué leés tantas mujeres? Una pregunta que siempre me perturbó tanto como para contestarla, apenas, con evasivas o subterfugios. Como si decir la verdad –una verdad de la que yo mismo era apenas consciente, a fuerza de no discutirla- pudiera exponerme al peor peligro.

Yo balbuceaba: “Bueno, no te mencioné tantas”. Y era verdad: la recriminación ocurría a la segunda o tercera escritora citada, pero ya eran más de las que el propio interlocutor conocía o juzgaba prudente conocer. Otras veces yo fingía recoger el guante de un duelo del que sabía que desertaría: “Si yo hubiera mencionado sólo escritores varones, ¿vos me lo habrías hecho notar?” Porque era obvio que no. Y ni aun a las autoras mujeres que sólo nombran escritores varones, ni siquiera a las críticas o profesoras que sólo incluyen libros de escritores varones en sus programas, antologías, ensayos, este interlocutor les habría objetado ningún tipo de ignorancia.

Pero yo no respondía, y el otro, envalentonado, como si hubiera desenmascarado una artimaña o una conspiración, remataba: “te pregunto simplemente porque es raro”. Se erigía, en fin, como representante o árbitro de la normalidad, y todo parecía volver a ella. Me había recordado, y era su victoria, la ley que rige para todos, varones y mujeres: sólo el que se disimula sobrevive.

Dos vías

Primera salvedad. Quizá yo no me haya atrevido hasta hoy a contestar claramente esa pregunta, por carecer de otra ayuda que los libros de las mismas escritoras. Porque formular en términos teóricos lo que me habían revelado la inercia de las protagonistas de Jean Rhys y la lucidez de las heroínas de Doris Lessing; demostrar por qué las reflexiones que Simone de Beuvoir o de Adrienne Rich sobre el “segundo sexo” podían también aplicarse a mi experiencia, era una tarea que iba más allá de mis capacidades. Hoy, en cambio, contamos con las teorías sobre la construcción de la masculinidad; y esas teorías pueden ayudarme a explicar cómo la violencia y el terror que corrían soterrados bajo esa escena repetida, echan raíces en la infancia.

Dicen los especialistas que en sociedades como la nuestra se “hace varón” el que se aleja de la madre; se echa al varón de la casa, a la escuela o a la calle, para que otro aprendizaje mucho más importante que el que declaran los colegios: la masculinidad, esa condición que es un valor en sí y que le permitirá ocupar, durante el resto de su vida, los espacios de poder del patriarcado. Como lo explica Ariel Sánchez en Marcar la cancha este aprendizaje se da por dos vías. Por un lado, el varón busca un grupo de varones en el que pueda adquirir y desarrollar fuerza, entendida ésta como la capacidad de ejercer violencia sobre los demás. A través del mecanismo básico de la competencia, y de la medición de fuerzas que ésta posibilita, se establecen las jerarquías dentro del grupo; y la lealtad a éste y a sus jerarquías se entenderá como una verdadera condición de existencia.

Y por otro lado, la construcción de la masculinidad depende del hallazgo de un varón a quien calificar de “maricón”; mediante su hostigamiento permanente, el varón pretenderá demostrar su rechazo de todo lo femenino, es decir, su ya definitivo alejamiento de la madre. Como recordará cualquier persona de mi edad, para los niños de los años sesenta el mote de “maricón” no tenía que ver con la homosexualidad –la mera idea de “sexualidad” era ajena a nuestro mundo – sino con una u otra característica de personalidad que los demás varones identificaban como “femenina”. Eran características sorprendentemente variadas -podían ir de una manera de moverse o de hablar, a un rasgo físico o, precisamente, según me cuentan amigos mayores, a la afición a la lectura-; pero todas parecían vincularse con una carencia de fuerza física, o con una disidencia respecto del uso de la fuerza.

Ahora bien. Lo perverso del mecanismo de hostigamiento al “maricón” reside en que, como es demasiado fácil ejercer violencia sobre el débil -tanto más cuanto que el propio grupo le ha impedido desarrollar su fuerza-, quien lo agrede demuestra menos su masculinidad que la íntima, infinita vileza del entramado social. Y por eso la violencia contra el maricón se reitera cotidiana, incesantemente, en pos de esa demostración imposible; causando en sus víctimas daños de por vida sobre los que la sociedad de hoy, al fin, parece al fin abrir los ojos. Daños para los que, durante siglos, casi no ha habido otra salida que la lectura.

Vida y literatura

Segunda salvedad. Quizá la pregunta ¿por qué leés tantas mujeres? me habría perturbado menos si yo hubiera empezado a hacerlo por algún tipo de estrategia política o deliberación. No. Empezamos a leer escritoras, digamos, “espontáneamente”, como un animal perseguido que descubre de pronto el único lugar del mundo que se parece a su primer cubil; pero fue allí, también casi por sorpresa, donde encontramos permiso para ser lo que se nos había prohibido, y armas para lograrlo.

Para horror de quienes sostienen que lo único importante es el texto, nunca buscamos solamente libros: buscábamos autores cuya experiencia pudiéramos adivinar detrás del enigma de sus obras. ¿Y cómo podía dejar de interesarnos un nombre de mujer en la tapa de un libro, si era la prueba de que alguien, en sociedades aun más opresivas que la nuestra, había hecho algo que los demás no esperaban de ella, y había pagado precios altísimos por hablar, ya que sus contemporáneos no podían comprenderla, con algún “hermano del futuro”, es decir, con nosotros mismos? Si una película nos había iniciado en la compasión por Anna Frank y su muerte trágica, lo que nos cautivó para siempre de su Diario fue su decisión de sostener, ante la asfixia del confinamiento político y familiar, el deseo de dialogar consigo misma, y convertirse, así, en una escritora. Si una canción compuesta por dos varones nos había hablado del suicidio de Alfonsina Storni; la solapa del primer libro de ella que pedimos que nos compraran nos llevó a leer cada uno de sus poemas como otra creación no deseada por los hombres y salvada de su vigilancia omnímoda.

Por supuesto, detrás de aquella pregunta “pero ¿por qué leés tantas mujeres?” uno creía entender: “no son tan buenas” Pero ya nos dábamos cuenta de que la literatura escrita por mujeres poseía valores que pocos varones podían apreciar. Básicamente, esa capacidad de invención y manejo de herramientas que representaban, más o menos disimuladamente, una experiencia de incomodidad y rebeldía; produciendo esa experiencia única que llamamos arte y que implica no sólo goce estético, sino transformación profunda de la percepción de la realidad. Así, aunque pocos varones pudieran comprenderlo, una sola frase de Carson McCullers, apenas la primera de su primera novela: “En el pueblo había dos mudos y estaban siempre juntos” podía generar una experiencia estética infinitamente más rica que todos los cuentos de Ernest Hemingway, con sus alardes de macho que se foguea entre soldados, mafiosos, cazadores y toreros.

Y si escribir literatura, como dice Gilles Deleuze, es inventar una lengua extranjera dentro de la lengua; y si la tarea de las mujeres ha sido subvertir por la poesía la convención masculina, ¿quién nos lo reveló mejor que Sara Gallardo, con ese Eisejuaz mataco santo o loco que es su alter ego -ese personaje insólito capaz de sugerir, en un lenguaje nuevo, todo aquello que la cultura argentina no había podido nombrar nunca?

Una fuerza secreta

Creo que ya puedo empezar a responder. Leer a las mujeres fue un modo de transformar nuestras homéricas cargas de dolor, odio y violencia contenida en una fuerza productiva alternativa y nueva. Y quizá llegó el momento de describirla, para no sobrevalorarla y exponerse a un daño mayor. ¿En qué consiste, hoy por hoy? En principio, creo que todo maricón que sobrevive a la infancia consigue distanciarse y comprender, no sólo el por qué de las violencias que se ejercían sobre él, sino los terrores e impotencias que también torturan, secretamente, a los violentos.
En este sentido, desde muy temprano he visto a mis compañeros escritores como los niños que fueron, empeñados en la agotadora tarea de demostrar su poder ejerciéndolo de aquellas mismas dos maneras. Mírenlos en cualquier congreso de literatura: cómo se camuflan, como compiten, cómo intentan seducir: sobreactúan su masculinidad, acaso porque la poesía, convengamos, no es la habilidad que un coronel de caballería quisiera para su primogénito. Escúchenlos hablar –quizá sería excesivo pedirles que dialoguen con ellos-. Formateados por el fútbol, su primera preocupación ha sido integrarse a “un equipo” bajo el ala de un “director técnico” que les dijera qué y cómo escribir de modo que cada frase, cada palabra, diera testimonio de sus atributos viriles. Y hablan del “campo literario” como de la cancha en donde han salido a jugar un campeonato permanente; y de ganar premios como de “hacer un centro”, y de “meter” libros en una editorial importante, o un artículo en un medio masivo, como quien habla de goles. Y es cierto que cada tanto nombran a escritoras, cómo no; pero son siempre aquellas que, alegres convictas de la parcela que la cultura les asignó, le sirven para ejemplificar viejas categorías, aquellas que hasta los vivan y alientan como las porristas más sofisticadas de la historia.

Y en segundo lugar, guiados por aquellos “directores técnicos” que son siempre grandes humilladores, los muchachos se aplican a señalar a “los maricones de la literatura”-ésos que no se debe ser- ; y a la literatura “maricona” – aquello que no se debe escribir. Hoy como ayer, lo “maricón” no tiene que ver necesariamente la elección sexual de un escritor, sino con aquellas características que se corresponden los estereotipos de lo femenino; características tan asombrosamente variadas como para pertenecer a campos tan distintos y vastos de la cultura que, a fuerza de rechazarlos, la mayoría de los varones destaca por una ignorancia sobrecogedora. Pero volviendo a nuestro tema. Los muchachos se burlan, por ejemplo de la admiración de los “maricones” por las mujeres escritoras, como si no fuera más que una variación del amor delictual por la madre; no ven que, como señala Wayne Koesterbaum, lo que el “maricón” celebra de las “divas” es un exceso de voz sólo comparable a la magnitud de su propia imposibilidad de decir, y a la tradición perdida que esa voz de diva devuelve, por sorpresa, con vitalidad arrasadora. Los muchachos se ríen de los “maricones” por la franqueza con que éstos quieren expresar sentimientos, asimilándolos mecánicamente al kitsch, que tanto maricón celebra; enfermos de “pudor” (ese mecanismo parecido a la vergüenza pero que va más allá: porque es el castigo autoinflingido a su parte “femenina”) los varones niegan así su propia incapacidad para lidiar con lo que sienten, y esa risa es lo poco que pueden hacer con su desesperación. Porque están desesperados, es evidente: habiendo “naturalizado” su ignorancia hasta sentirla como un rasgo de su propia identidad; en cada cosa desconocida con que se confrontan no ven una posibilidad de enriquecerse, sino el peligro de su propia disolución… Prueba de que todavía hay que ir con mucha prudencia: porque no hay nada más violento que un negador acorralado.

Una necesidad y un derecho

En fin, ¿por qué leemos a las mujeres? Porque es una necesidad, quizá nuestra necesidad más profunda, y donde hay una necesidad hay un derecho. Porque ese derecho es el de toda una tradición que sobrevive, fortalece y se libera cuando leemos y respondemos a la lectura con nuestras propias obras Y porque, por mucho que intenten convencernos de que todo cambió, como si la utopía del viejo feminismo hubiera sido la única alcanzada, el cambio sólo afecta a la superficie de lo social, no al sustrato de las costumbres y al estrato profundo de las mentes.

¿Cómo se explica que, en una época en que ya nada dificulta el libre intercambio sexual entre dos personas adultas, los varones sigan haciendo florecer, en secreto, como tratantes pero también como clientes, la explotación sexual? No menos misteriosa resulta otra evidencia: aunque muchos de los grandes libros de todas las literaturas hayan sido escrito por mujeres, y aunque las mujeres sean mayoría en las carreras de letras, las editoriales, los talleres literarios, etc. la presencia de mujer en la literatura aun sigue considerándose una anomalía?

¿Qué hacer con esta ceguera de los varones? Hay quien piensa que el cambio es imposible, o sólo posible en el caso de una remotísima mutación genética, y que nuestra tarea es combatir, aunque la manera de hacerlo resulte bastante inconcebible y, como sea, la disparidad de fuerzas todavía nos asegure una derrota inmediata. Otros sostienen que el camino es persuadir, olvidando que la persuasión, como señala Hanna Arendt, sólo es posible entre dos seres humanos en pie de igualdad, sin otra arma que la excelencia de sus argumentos. Incapaz de arriesgar un sólo consejo, me limito a señalar una comprobación: el varón con poder sólo cambia cuando aquellos de cuya explotación depende consiguen escapar o al menos correrse un poco de lugar, y los dejan sin base. Es decir, cuando cambiar se vuelve, para ellos, una cuestión de vida o muerte, y por fin ven la necesidad de cargo, a solas, de su destino.

Mi propósito personal es éste: hablar, escribir para nosotros. Estaremos más cerca de una liberación verdadera si, en lugar de atender al enemigo, de entrar en su juego de constante competencia y aniquilación, optamos, como las grandes escritoras, por propagar entre nosotros un saber que tienda puentes más allá del tiempo y el espacio y de los muros antiguos y nuevos. Si nos atrevemos a revivir, comprender, y consolar al niño que fuimos; si comprendemos la literatura como el vehículo más poderoso de ese amor y esa fraternidad, y tratamos de escribirla para los que aun hoy, todavía, los necesitan como el agua y el pan.





Leopoldo Brizuela
(La Plata, Bs. As., Argentina, 1963 - 2019)
POETA/ESCRITOR/PERIODISTA/TRADUCTOR
Texto publicado originalmente en ETERNA CADENCIA
en WIKIPEDIA
en FACEBOOK

3 de julio de 2011

Carson McCullers, El corazón hipotecado


Fotografía de Daria Endresen


EL CORAZÓN HIPOTECADO

Los muertos exigen una visión doble. Una parcela de más
a repartir cumpliendo un acuerdo espectral. Pues los muertos
tienen derechos sobre los sentidos de su amante, sobre el corazón hipotecado.

Mira dos veces el huerto que florece bajo la lluvia gris
Y los cielos rosas y fríos que traen una doble sorpresa.
Soporta cada requerimiento una y otra vez;
la experiencia multiplicada por dos - la deuda reconocida.
Ordena al espíritu tembloroso, al nervio inmediato
que sirva bien al amo esquizofrénico,
si no el amor ciego vagará extraviado
igual que un émulo sin hogar.

Sabida es la hipoteca contraída con los muertos.
Prepara pues, la preciada corona, la guirnalda de la puerta.
Aunque, de las recónditas cenizas, del hueso humilde
¿Saben algo los muertos?



THE MORTGAGED HEART

The dead demand a double vision. A furthered zone,
Ghostly decision of apportionment. For the dead can claim
The lover's senses, the mortgaged heart.

Watch twice the orchard blossoms in grey rain
And to the cold rose skies bring twin surprise.
Endure each summons once, and once again;
Experience multiplied by two-the duty recognized.
Instruct the quivering spirit, instant nerve
To schizophrenic master serve,
Or like a homeless Doppelgänger
Blind love might wander.

The mortgage of the dead is known.
Prepare the cherished wreath, the garland door.
But the secluded ash, the humble bone-

Do the dead know?





Carson McCullers - Lula Carson Smith 
(Columbus, EE.UU., 1917-1967)
Traducción de Victoria Martínez Vega
para leer MÁS
y más en: EL ESTABLO DE PEGASO 

2 de julio de 2011

Carson McCullers, La balada del café triste


Fotografía de Anka Zhuravleva


" Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor.

(...)

La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.

(...)

La verdadera historia de amor es la que tiene lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime. "


 (1951)






Carson McCullers -Lula Carson Smith- 
(Columbus, EE.UU., 1917-1967)
de La balada del café triste, Seix Barral, 2011
para leer MÁS
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...