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9 de julio de 2021

Begoña Ugalde, Sistema solar (+4)



SISTEMA SOLAR

El viernes me quedo dormida
mirando el fuego tenue de la estufa
mientras Patti Smith grita ¡Horses! ¡Horses!
sueño con peces y caballos brillantes
que cruzan el cielo como un cometa que agoniza.

Al despertar decido escribir poemas en las paredes
con temperas que mi hijo guarda en su mochila
para hacer una maqueta del cielo.

Mi idea es leerlos en voz alta
mientras pintamos pelotas de plumavit
que representen los planetas orbitando
en torno a un sol irreal.

Lo cierto es que estoy muy cansada
apenas puedo hacer el desayuno
los panes se incendian sobre el tostador
la leche hierve hasta hacerse espuma
mi hijo pregunta cosas sobre la galaxia
los hámsteres giran en su rueda
luego se aparean frenéticamente.

¿De qué están hechos los anillos de Saturno?
¿Cómo es posible que en un comienzo todo fuera materia
oscura?
¿Qué es lo que sujeta a los planetas en el cielo?
¿Y cómo funciona la ley de gravedad?

La vida es frágil en sus inicios
dependemos tanto de otros y luego negamos todo
nos gusta el desorden o al menos la atemporalidad
ir drogados al cine para reírnos de manera salvaje
sentir el poder de la ficción hasta la mañana siguiente.

No nos detenemos a mirar las pocas estrellas
que todavía brillan débilmente entre los aviones
olvidamos llamar a los amigos que cuentan monedas
para comprar una caja de vino que acabarán de a poco
mientras ven documentales sobre el fin del mundo.

Pero todo está bien así
Patti Smith enviudó y se mantuvo diez años
alejada de la música para criar a sus hijos
luego se convirtió en una estrella de rock
y yo soy quien soy ahora
y el sistema solar un día se apagará
seremos de nuevo solo un cuerpo celeste.

de Poemas sobre mi normalidad, RIL EditoresSantiago de Chile, 2018
Sello Ærea, Colección Carménère
Prólogo de Flavia Company


B O N U S  T R A C K (X4)

Fotografía de Brooke DiDonato

PRIMERA CONFESIÓN

No aprendo los mandamientos,
me saco malas notas en religión,
no me gusta estudiar las parábolas
ni logro colorear dibujos sin salirme del contorno,
las canciones de panes y corderos callo en la liturgia
sus letras de memoria. No aprendo
a tejer mantas para mis futuros hijos,
a callar el reclamo
dejar quietos mis dedos,
a llevar el delantal limpio
a distinguir el camino al cielo 
porque es muy tenue la luz que lo señala.
(...)


Fotografía de Brooke DiDonato

Te pedí virgencita
que no soltaras mi mano
que me dieras de tu agua bendita
para calmar esta sed.
Que si no voy a tomarme un resto,
deshacerme en ruedos,
romperme en ruido.


Fotografía de Brooke DiDonato

Esa noche que escapé por la ventana
no estuve sola, mamá, te juro permanecimos unidas
como hermanas de sangre,
tomadas de la mano avanzamos entre ellos
comprendiendo que deseaban tocarnos 
por tener las caderas sin marcas,
los ojos febriles
y tantas ganas de llevarnos las guirnaldas 
para colgarlas sobre el respaldo de la cama, 
prolongando así
nuestra única fiesta.


Fotografía de Brooke DiDonato

La virgen del cerro San Cristóbal se llama virgen de la inmaculada concepción.

Al cerro Tupahue le cambiaron el nombre y le pusieron cerro San Cristóbal
en honor al santo patrono de los viajeros. O sea de los colonos.
O sea de los violadores.

Los nombres de nuestras madres están cambiados.
Todos nuestros nombres están cambiados.

El cerro no es un violador,
el cerro es de las vírgenes violadas.
Siempre anónimas, mudas.

Fragmentos de La virgen de las AntenasColección Menos es más, Editorial Cuneta, 2011
Universidad de Chile, REVISTA CHILENA DE LITERATURA Abril 2012, Número 81, 137 - 144
para leer una reseña en DER GOLEM




Ph Tatiana Donoso
Begoña Ugalde
(Santiago, Chile, 1984) 
Reside en Barcelona
POETA/NARRADORA/LICENCIADA EN LITERATURA HISPÁNICA/
MÁSTER EN CREACIÓN LITERARIA
para leer una entrevista en LA TERCERA
para leer + en BUENOS AIRES POETRY
+ en TXT
su web colaborativa TRAZA COLECTIVO

18 de febrero de 2011

Patti Smith, Rubíes de la India


Fotografía de Karen Knorr 


RUBÍES DE LA INDIA

Siempre tuve una especie de mochila, nada más que una pieza de tela o piel atada con un nudo. Mi bolso, valioso compañero, produce, al ser abierto, un mundo definido por su contenido: un fluir único, amado.

Este bulto fuera de lo común ha sido siempre mi consuelo, mi carga feliz. Sin embargo considero imprudente apegarme a los recuerdos de su interior. Porque tan pronto como me focalizo en un objeto determinado lo pierdo o sencillamente desaparece.

Tuve un rubí. Imperfecto, hermoso como sangre facetada. Vino de la India, donde fue arrojado a la playa junto a miles de ellos: los abalorios de la pena. Pequeñas gotas que de alguna manera se convirtieron en gemas recogidas por mendigos que las canjeaban por arroz. Cada vez que fijaba la mirada en sus profundidades me sentía abatida porque atrapada en mi gemita había más desgracia y esperanza de lo que una podría suponer.

Daba miedo e inspiración, y yo la guardaba en mi bolso en un sobre amarillo ceroso del tamaño y forma de una hojita de afeitar. Me detenía, la sacaba y la miraba. Hacía ésto tan a menudo que ya no hacía falta ver lo que estaba mirando. Y es por ésto que no puedo decir con seguridad cuándo desapareció.

Pero todavía puedo verla. La veo en la frente de las mujeres. En el aullido del poeta. La veo en la garganta de una diva y en la palma de la mano de un desertor. Presionando contra un alambrado. Una gota de sangre en un vestido de calicó. Abro mi bulto y descargo su contenido en los surcos de la tierra. Nada: una vieja cuchara, un timón, los restos de un walkie-talkie. Y mientras despliego la tela para recostarme tomo bocanadas de aire larguísimas como los surcos. Como para calmar a los espíritus, abrazarlos desde el estremecimiento y el estertor.

En el anillo de la noche imposible. Todo es elástico. El cielo es de un rosa turbador. Puedo sentir el polvo de Calcuta, los ojos idos de Bhopal. Puedo ver las banderas de oración flameando como viejas medias en el cálido viento irónico.




Obra de Michael Sowa



Puedo ofrecerte esta campana
susurra el mercader
Es extremadamente valiosa
una pieza de museo, no tiene precio
No gracias, contesto
No deseo poseer
Pero es una campana maravillosa
una pieza ceremonial
una exquisita campana
Mi cabeza es una campana
Murmuro
entre
dedos vendados
ya dormida.




Patricia Lee "Patti" Smith 
(Chicago, Illinois, Estados Unidos, 1946)
Traducción de Irene Ocampo y Gabriela De Cicco
para leer MÁS
 

29 de diciembre de 2010

Patti Smith, Soñar despierta

Patti Smith


SOÑAR DESPIERTA

Siempre imaginé que escribiría un libro, aunque fuera corto, que me transportaría a un reino que no podría ser medido, ni siquiera recordado.

Imaginaba un montón de cosas. Que brillaba. Que era buena. Que vivía sin sombrero sobre una cima dando vueltas a una rueda que hacia girar la tierra y que invisible entre las nubes tenía alguna influencia, era de alguna utilidad.

Curiosos deseos como plumas en el aire que aligeraban los miembros de una niña melancólica y de piernas flacas apenas capaz de impedir que sus tubillos desaparecieran engullidos por zapatones.

Tenía todos los calcetines deformados, tal vez porque los solía  llenar de canicas. Los llenaba de ágatas y de aceros y me marchaba. Era lo que se me daba bien y podía ganarle a cualquiera de por allí.

Por la noche vaciaba el botín sobre la cama y las frotaba con una gamuza. Las clasificaba por colores, según el orden de mérito, y ellas se ordenaban solas, pequeños planetas brillantes, cada una con su historia, su propio deseo de oro. Nunca tuve la sensación de que la habilidad de ganar vinera de mí. Siempre pensé que estaba en el objeto. Una pieza mágica que cobraba vida cuando yo la tocaba. Así, encontraba magia en todo,  como si toda la naturaleza llevara la marca de un espíritu fantástico.

Había que tener cuidado, había que ser prudente. Porque algún enterado podía atrapar algo en la distancia y traerlo cerca.

Y el viento atrapaba los bordes de la tela que cubría la ventana. Ahí, me ponía en vigilia, alerta hacia lo pequeño, que, a través de un ojo abierto, fácilmente se convertía en monstruoso y bello.

Miraba, calibraba y en un instante, desaparecía –planeador- aleteando de campo en campo, inconsciente de mis torpes brazos, de mis deformados calcetines.

Me marchaba y nadie se enteraba. Porque para todos, yo seguía entre ellos, sobre mi camita, absorta en juegos infantiles.



Patricia Lee "Patti" Smith 
(Chicago, Illinois, Estados Unidos, 1946)
de LlamadaWoolgathering, 1992
Editorial Bassarai Arte
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