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27 de julio de 2013

Miyó Vestrini, 2 poemas 2 (III)


Fotografía de Laura Makabresku

LOS PAREDONES DE PRIMAVERA

No enseñaré a mi hijo a trabajar la tierra
ni a oler la espiga
ni a cantar himnos.
Sabrá que no hay arroyos cristalinos
ni agua clara que beber.
Su mundo será de aguaceros infernales
y planicies oscuras.
De gritos y gemidos.
de sequedad en los ojos y la garganta.
de martirizados cuerpos que ya no podrán verlo ni oírlo.
Sabrá que no es bueno oír las voces de quienes exaltan el color del cielo.
Lo llevaré a Hiroshima. A Seveso. A Dachau.
Su piel caerá pedazo a pedazo frente al horror
y escuchará con pena el pájaro que canta,
                             la risa de los soldados
                             los escuadrones de la muerte
                             los paredones en primavera.
Tendrá la memoria que no tuvimos
                             y creerá en la violencia
                             de los que no creen en nada.

(en Antología histórica de la poesía venezolana del siglo XX, 1907-1996, edición de  Julio E. Miranda)




Fotografía de Laura Makabresku

SOLEDAD

Soledad es simplemente
ese viejo marinero que nos habla de las serpientes del sur

Es simplemente esa plegaria que se pronuncia
al pasar cerca de un mendigo.

Soledad puede ser
cualquier lagarto arrodillado;
cualquier ciudad que agoniza poblándose de emigrantes
y de mujeres desnudas.

Soledad yo te invoco.
Y la lluvia danza a mi alrededor.

Sobre todas las cosas del olvido clavas tu aullido de niño muerto
y no obstante,
cada vez que te invoco
sólo me traes el gesto de aquel adolescente que quería morir
bajo los puentes.
Resucitaste una tarde
mientras yo le mentía al joven desconocido y él me hablaba
de una casa extraña
donde los ancianos daban grandes banquetes y ofrecían sacrificios.
Resucitaste soledad.
Conocí entonces el nombre del que me hablaba,
comprendí que la casa extraña
no era sino una vieja palabra cuya ternura utilizaban
mis antepasados para enamorar a las bailarinas del fuego.
Descubrí la mentira del tranvía que devoraba al estudiante.

Y nuevamente Soledad
me levanté contra todas las ventanas del mundo,
contra todas las palmadas dadas en los cinematógrafos.
Me levanté soledad.
Y la lluvia danzó a mi alrededor.

(Maracaibo, junio de 1956)



Miyó Vestrini - Marie José Fauvelles Ripert - 
(Francia, 1938 - Venezuela, 1991)
para leer + en UNA HOGUERA PARA QUE ARDA GOYA
y MÁS

26 de junio de 2013

Márgara Russotto, 2 poemas 2


Fotografía de Sofia Sanchez & Mauro Mongiello

EL INOCENTE

tarde de lluvia
vuelta del éter

una flor se descompone sobre el pubis

tu digno desprecio
¿hacia cuál
sagrado humor del cuerpo va?

¿qué sudor de largo sueño viene?

te pesa el sentimiento
el deseo vaciado de podredumbre
no es deseo

no podrán tocarte

como fruta suicida
caerás sin conocer la perfección de la 
mordida

(en Antología histórica de la poesía venezolana del siglo XX, 1907-1996
Editado por Julio E. Miranda)



Fotografía de Oleg Oprisco

PENSAMIENTOS DE BIBLIOTECARIA

La miseria
es también
esta hilera de libros
como en pánico abrazados
entre letras de polvo. 
Alucinadas sus tapas
por el hongo del tiempo
nada es discernible
y cúbrense de espanto ante el grito del vendedor
degollado
con su cesta de flores
Que se caigan y floten
estas tiránicas páginas
a los pies aquellos de tanto camino torcido
mezclándose en el lodo.

Roto el encanto
tardía se ha vuelto
la lengua en la pregunta
Lluvia ha caído
y espejo trémulo acompaña el regreso de la gente.
Es hora en que se atenúa la incongruencia
de las ciudades
y de tanta palabra perdida y
caminantes
queda un ligero vapor.
Sólo yo
todavía
clasifico
lo que no entiendo.

(de Épica mínima, Caracas: Edición Cultural Universitaria, UDO/
Fundación José Antonio Ramos Sucre, 1996)




Márgara Russotto 
(Palermo, Italia, 1946) 
Reside en Venezuela desde 1958
para leer MÁS

3 de julio de 2012

Miyó Vestrini, El dolor


Fotografía de Steven Meisel
EL DOLOR

Doblé con cuidado sus camisas
y vacié la gaveta de la mesa de noche.
Dada la magnitud de mi dolor,
leí a Marguerite Duras,
hostil y dulzona ella,
tejiendo un chal para su amado.
Al quinto día
abrí las cortinas.
La luz cayó sobre el cubrecamas manchado de grasa,
el piso lleno de desechos,
el marco de la puerta descascarado.
Tanto dolor,
por cosas tan feas.
Miré una vez más su cara de ratón
y tiré todo por el bajante de la basura.
La vecina,
alarmada por semejante volumen de basura,
me preguntó si me sentía bien.
Duele, le dije.
En mi buzón colocaron un anónimo:
el que tenga un amor
que lo cuide
que lo cuide
y que no ensucie el bajante de basura de la comunidad”.






Miyó Vestrini - Marie José Fauvelles Ripert
(Francia, 1938 - Venezuela, 1991)
de Valiente ciudadano, 1994, Monte Ávila Editores
Prólogo de Julio Miranda
(Edición póstuma)
para leer MÁS



15 de noviembre de 2011

Miyó Vestrini, Zanahoria rallada

Fotografía de Erin Jane Nelson

ZANAHORIA RALLADA

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en-realidad-te parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.




Miyó Vestrini - Marie José Fauvelles Ripert 
(Francia, 1938 - Venezuela, 1991)
de Valiente ciudadano, 1994 (Edición póstuma)
Monte Ávila Editores
Prólogo de Julio Miranda
para leer MÁS
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